Cuidado con los quinquis:
¡Cuidado con los quinquis!, me decían mis hermanos mayores cuando salía de casa.
El origen la palabra quinqui viene de quincallero, es decir, persona que tiene por oficio fabricar o vender quincalla —objetos metálicos de escaso valor, sobre todo ollas de cocina o pucheros–. Los quincalleros, en su mayoría eran mercheros, una etnia propia de origen incierto, aunque algunos estudios dicen que descienden de los vikingos y de los celtas —como declara en el documental de RTVE El estigma merchero, Jesús del clan de “Los Baratas”– y que pudieron llegar a España a mediados del siglo xv (García Grande, Párr. 11). Así, los mercheros no son gitanos, aunque han compartido con ellos destinos y estigmas, también tiene ciertas similitudes con los tinkers de Irlanda, como se ve en la película Vuela como una mariposa (Winters, 2018), en el papel de Brad Pitt en Snatch, cerdos y diamantes (Ritchie, 2000), en la serie de televisión Peaky Blinders (Steven Knight et al., 2014) o el documental Knuckle (Palmer, 2011), en el cual se ven referencias a los travelers británicos.
El merchero más famoso y cinematográfico es Eleuterio Sánchez “el Lute”. El Lute se convirtió en un símbolo de la injusticia tardofranquista: por el delito inicial de robar unas gallinas para comer, tras un par de fugas, llegó a estar condenado a cadena perpetua acusado de un asesinato que no cometió. El grupo Boney M le dedica una canción en su álbum Oceans of Fantasy (Boney M, 1979). También hay dos películas, protagonizadas por Imanol Arias, basadas en los libros autobiográficos: El Lute: Camina o revienta (Aranda, 1987) y El Lute II: Mañana seré libre (Aranda, 1988). También Juan José Moreno Cuenca “el Vaquilla” se dice que es de origen merchero, aunque en la película Yo, “el Vaquilla” (De la Loma, 1985), este dato quede confuso.
En el imaginario popular, la palabra quinqui se empezó a relacionar con la delincuencia hasta el punto que en el DRAE la definición de quinqui es la siguiente:
1. m. y f. Persona perteneciente a cierto grupo social marginado, que generalmente se gana la vida como quincallero ambulante. U. t. c. adj.
2. m. y f. despect. Persona que comete delitos o robos de poca importancia. U. t. c. adj.
Jesús, en el documental El estigma merchero, nos relata como esa mala fama viene por su nomadismo y el estigma creado durante el franquismo. Cuenta como cada vez que había algún robo en algún pueblo o faltaba algo, y llegaban los mercheros, siempre se culpaba al que venía de fuera, es decir, al quincallero. En el mismo documental, sale un Guardia Civil —sin identificar– definiendo así al merchero en 1965: – Viven en el campo, en plan… siempre errante. Tratando de quedarse con lo que no es suyo, cometiendo diferentes clases de delitos: el hurto, el timo, el robo.
Así que el quinqui se define como grupo marginal o persona que comete delitos, de tal manera que cuando la delincuencia juvenil irrumpe a finales de los años setenta con tanta fuerza se les empieza a llamar quinquis, chorizos, choris o manguis.
Así pues, tras hacerse un símil entre la situación de los delincuentes juveniles del extrarradio de Barcelona y la subalternidad de los mercheros, especialmente por las constantes apariciones en la prensa sensacionalista por parte de ambos, con El Vaquilla y El Lute como sus máximos representante respectivamente, el término quinqui acabó fagocitando a los jóvenes de los barrios marginales dando lugar a que las películas inspiradas en sus vidas terminasen siendo bautizadas como cine quinqui. (Ruiz Lucenilla, 73).
En Los últimos golpes de “El Torete”, la periodista de radio, interpretada por Isabel Mestres, va haciéndose eco de las andanzas del Torete y del Vaquilla. En una de sus intervenciones de radio dice:
A mi lo que me importa es saber que como esos dos muchachos han podido llegar a esa perfección en el delito. Dejemos de un lado al Vaquilla, hijo y nietos de quinquis, porque de casta le viene al galgo y centrémonos en el Torete. Hijo de una familia andaluza pobre, pero honesta, que atraídos por el boom industrial de los años sesenta llega a Barcelona y encuentra su hogar, solo en ese barraquismo vertical, de los barrios extremos con que la administración acalla su mala conciencia. (Mestres, Los últimos golpes de “El Torete”).
Como vemos en dicha película todavía hacen cierta distinción entre la vida del Vaquilla y del Torete, en la que los quinquis o mercheros, así como los gitanos, son etnias marginadas, denostadas sin solución. Sin embargo, el Torete como payo, pero residente de dichas barriadas se tiene que enfrentar a una sociedad que, por falta de oportunidades y las malas compañías, solo se le ofrece delinquir. Como continúa diciendo la periodista:
El torete, apenas nueve años, deambula por la calle. No ha habido tiempo para edificar escuelas, ni guarderías; y en la calle encuentra al Vaquilla, al Drácula, al Veneno. Esos serán sus maestros y aprende, claro, a reventar coches, hacer el puente y pegar tirones. (Mestres, Los últimos golpes de “El Torete”).
Así, aunque, no sean todos mercheros ni gitanos, al mezclarse todos en dichas barriadas se empieza a extender el término quinqui, como sinónimo de delincuente.
Retomando a Stuart Hall y su libro Policing the Crisis. Mugging, the State, and Law and Order, encontramos como se criminaliza a un sector de la población, en este caso los mercheros, gitanos y gente con muy pocos recursos —en su libro serán los migrantes y la comunidad negra inglesa– a través de los medios de comunicación.
El estudio con mayor autoridad en el tema, la encuesta del Ministerio del Interior británico sobre el crimen, revela que a nivel nacional la mayoría de las víctimas blancas de episodios de mugging fueron asaltados por blancos y las víctimas negras, por negros. Londres será diferente. Sabemos que los muggers son muy jóvenes y en mayor proporción desempleados, pobres, con bajo nivel educativo y con viviendas precarias. Y sin duda alguna los jóvenes sin empleo, pobres, de hogares paupérrimos y con un bajo nivel educativo en Londres son negros. Eso no significa que la mayoría de los jóvenes negros sean ladrones, solo una pequeña proporción. Tampoco quiere decir que la juventud negra tenga una tendencia mayor a devenir ladrones que los jóvenes blancos. Toda la evidencia sugiere que las circunstancias sociales y económicas —mucho más que los orígenes étnicos– son los determinantes de mayor importancia. La gente de la misma edad, con condiciones de vida semejante y con ingresos parecidos tiene, grosso modo, el mismo índice de ofensas criminales (The Guardian, artículo principal del 8 de julio de 1995). (Ctd. en Thompson, 97-98).
Al mezclarse en los mismos barrios se les denomina a todos ellos quinquis y se extiende el término como sinónimo de delincuente.
Esta misma tendencia se advierte en otros países centrales del sistema capitalista en los que también se produjo una suerte de pánico moral con respecto al supuesto incremento súbito de la delincuencia callejera, frecuentemente vinculada con las propias minorías a partir de los años setenta. (Florido Berrocal, et al. 72).
Así, se genera el pánico moral hacia el quinqui, trasladando al Otro, a través de representaciones racistas, las responsabilidades frente a la violencia, la incultura, el paro o la pobreza. Con esto, encontramos que el quinqui como dicen en el artículo de El Mundo, “Cine quinqui o donde la Movida se descubrió como el mayor engaño”: «tiene un estatuto ontológico inestable, no se sabe muy bien si es payo o gitano, aparece en el espacio límite de la otredad y la diferencia, en los márgenes.» (Martínez, Párr. 1).
Por extensión, el cine dedicado a dicha delincuencia juvenil, con el tiempo se pasó a crearse como un género propio: el cine quinqui. Aunque este término se acuñó mucho después de la producción de dichas películas y no siempre gustó a sus directores, como desvela Carlos Aguilar en la presentación de la película Navajeros (De la Iglesia, 1980) en el programa Historia de Nuestro Cine de RTVE del 23 de noviembre de 2016.
Gustara o no a sus directores, lo que sí está claro es que el cine quinqui «ayudó a reproducir toda una serie de asociaciones, estereotipos, hábitos mentales e imágenes que calaron en el imaginario social y cultural español y que contribuyó a generar una percepción exagerada de vulnerabilidad y de inseguridad entre amplios sectores de la población.» (Florido Berrocal, et al. 72).
En realidad, se puede hablar de un movimiento cultural en todos los niveles y no sólo cinematográfico, ya que la música fue otro de los sectores en los que tuvo una gran repercusión. Grupos de rock como Burning —surgidos en el barrio de La Elipa–, participaron en la banda sonora de la película Navajeros; La banda trapera del río — nacida en el barrio de San Ildefonso de Cornellá de Llobregat– con canciones como Curriqui de barrio; cantautores como Sabina dedicaron parte de su repertorio a quinquis o princesas de barrio (¡Qué demasiao! o Princesa, pueden ser algunos ejemplos) y sobre todo la rumba, los gitanos afincados en dichos suburbios se hicieron eco de las hazañas de los quinquis hablando de sus problemas, su falta de oportunidades o su relación con las drogas.
El sonido Caño Roto sería la representación máxima de la música quinqui, como se describe en el artículo Todo sobre el sonido de Caño Roto de la revista online MusickMag en su entrada del 10 febrero de 2019. Caño Roto era una de las barriadas descritas, a las puertas del distrito de Carabanchel. Allí terminaron numerosos gitanos que desarrollaron un sonido propio mezclando flamenco con rock, con sonido funk o con soul. Las precursoras fueron Las Grecas; pero pronto les siguieron Los Chorbos, grupo el que estaba incluido Manzanita, que luego tendría una prestigiosa carrera en solitario. También surgieron allí mismo grupos como Los Chichos, el gran icono de la rumba y, por último, Los Chunguitos, y sus hermanas Azúcar Moreno.
A través de dicha música se establece de nuevo la otredad, en la que se codifica a través de la etnia gitana, y su música, la delincuencia. Temas como Quiero ser libre, de Los Chichos o Heroína, de Los Calis, ayudaron a identificar la delincuencia y la droga a dicha etnia. En las películas se encargaron a grupos como Bordón 4, Los Chichos o Los Chunguitos, realizar bandas sonoras en las que, en la mayoría de los casos, se ensalzaban a los delincuentes como el Vaquilla o el Torete y crear una estereotipación mayor de los quinquis con la delincuencia.
Pero retomando el origen del término quinqui, nos encontramos que no es la primera vez que se pervierte un vocablo para denostar a un colectivo o a las clases sociales trabajadoras. El término “villano” se usa desde la edad media coloquialmente para definir a una persona malvada, sobre todo en los relatos de ficción, y que existe en contraposición al héroe. Pero si buscamos en el DRAE encontramos las siguientes definiciones:
1. adj. Vecino o habitador del estado llano en una villa o aldea, a distinción de noble o hidalgo. U. t. c. s.
2. adj. Rústico o descortés.
3. adj. Ruin, indigno o indecoroso.
En la primera acepción encontramos que la palabra villano proviene de un vecino que habita en una villa, es decir, un campesino o siervo que trabaja la tierra. La clase trabajadora, con escasos medios para subsistir, es desde la Edad Media equiparada a personas con poca catadura moral, por lo tanto, pronto se empieza a utilizar el término con la segunda y tercera acepción, es decir, alguien descortés, ruin, indigno. Popularmente el villano, al igual que el quinqui, pasará a ser ladrón y malhechor.
Algo así pasaría ahora con los canis y las chonis. Estos jóvenes, de nuevo, de clase trabajadora, se encuentran en los márgenes de una sociedad capitalista, en la que se vende la sociedad del bienestar como modelo genérico y en la que como consecuencia se ha eliminado la sociedad de clases, quedando en un vacío y dicho espacio límite de la otredad. Pertenecen a la clase obrera, pero vestidos con ropas deportivas de primeras marcas y todo tipo de bisutería ostentosa, muchos de ellos, jóvenes en paro con escasa formación, quieren ser clase media y disfrutar de las mismas comodidades que los jóvenes burgueses. Como expone Owen Jones en su libro Chavs: la demonización de la clase obrera (apelativo equivalente al término cani español), se ha conseguido demonizar a la clase trabajadora con nombres despectivos. No es casual que el término chavs provenga de la lengua Romaní, sería el equivalente a nuestro “chaval”.
Así que, en Inglaterra, al igual que en España, comparten ciertos estigmas, como aprovecharse de las ayudas públicas o no querer trabajar. También son arrojados a barrios periféricos, donde la pobreza y la marginalidad campan a sus anchas. Una vez allí es más fácil que sirvan como objetivo del odio de las clases predominantes, que no cesan de ver en dichos suburbios un foco de ladrones, aprovechados y vagos.
Con ello se pretende, que los gobiernos liberales eviten comprometerse con dichas clases desfavorecidas, se aumente la desigualdad y culparles encima por ello, por no esforzarse en superar su situación.