Caño Roto - Carabanchel

El cine quinqui – Una visión estética del antihéroe I

Introducción

A finales de la década de los setenta surgieron algunos directores-guionistas que  quisieron mostrar una realidad que durante la Transición, no tenía  mucho interés en exportar como retrato de la sociedad avanzada. Después de la muerte  del dictador, se pretendía dar una imagen de modernidad y estabilidad que no era real. 

Mientras la historia nos ha pintado una transición modélica de la dictadura a la  democracia, lo cierto es que dicha transición no se produce en las élites, que muestran  su hegemonía liberal capitalista con la ayuda de las fuerzas de seguridad del estado, el  ejército, los jueces y el sistema penitenciario; pero tampoco en los extrarradios de las  ciudades, que siguen abandonados por un desarrollo que no termina de llegar, por las  instituciones que se consolidan en los barrios burgueses, pero que en dichas periferias  no hacen acto de presencia, siendo inexistentes las escuelas, los centros de salud o las  comisarías. 

Desde esta perspectiva, el quinqui se mueve a medio camino entre la transgresión del  nuevo sistema democrático y una búsqueda de identidad que encaje en dicho sistema,  pero sin ser un individuo ideologizado, lo que supondrá un problema para el poder  establecido. El quinqui no encaja en la cultura despreocupada de la Movida que en  los años ochenta —sobre todo desde la recién llegada socialdemocracia española–, se  promocionó como modelo ejemplarizante del éxito de dicha transición, pero tampoco con los  movimientos obreros por los cuales, como jóvenes sin estudios y sobre todo sin trabajo,  se podían ver representados. 

Paradigma cultural y artístico de semejante apoteosis fue, en este contexto, la llamada  popularmente Movida, un movimiento festivo, hedonista, provocador, iconoclasta,  espectacular, obsesionado por la moda y el pop, impulsado mediáticamente desde las  instituciones, y protagonizado por la juventud urbana de clase media. Simbolizada por  figuras como Pedro Almodóvar, la Movida, representación cultural emblemática del  cambio histórico. (Florido Berrocal, et al. 92).

De hecho al estar a medio camino, pero siempre en los márgenes, en algunas ocasiones  beben de los dos: tienen conciencia obrera —son conscientes de que el principal  problema es el paro y la falta de escolarización, como queda reflejado en el documental  Los jóvenes del barrio (Colectivo Vídeo Nou, 1982)– y, por otro lado, a falta de tener  el tiempo ocupado, pivotan por la movida y todo lo que ello conlleva: sexo, rock y  drogas… muchas drogas; pero siempre desde la marginalidad, sin poder integrarse  dada su falta de recursos. 

Mientras la Movida pasa por ser una fiesta constante —no hay más que recordar la  célebre frase del alcalde de Madrid durante un festival de música en el Palacio de los  Deportes de la Comunidad de Madrid: «¡Rockeros, el que no esté colocado, que se  coloque… y al loro!»– en la cultura quinqui vemos las ruinas de ese constructo: sujetos  marginales que generan verdaderos problemas a la sociedad y al relato buenista de la  Transición, o como se dice al inicio de Perros callejeros (De la Loma, 1977): 

Uno de esos problemas es el de la delincuencia juvenil y dentro de ella un grupo  reducido de menores entre los 12 y los 16 años lanzados a una vertiginosa carrera de  delitos hasta hace poco exclusivo de los malhechores más veteranos … El problema  existe, está ahí y no podemos volverle la espalda. (De la Loma, Perros callejeros). 

Pero se le dio, ya que la labor de reinserción fracasó y solo la muerte de estos jóvenes  consiguió acabar con el problema: tiroteos en los asaltos, accidentes de coche en las  fugas, sobredosis y por último el SIDA; solo dos o tres han llegado a nuestros días  como supervivientes de una generación tan admirada como denostada: 

El Pacorro, 14 años muerto al ser sorprendido robando un coche; El Loquillo, 13  años, muerto de un tiro mientras se daba a la fuga en coche robado; Pepe el Majara, 15 años, muerto al asaltar un parking; El Maito, 15 años, muerto al estrellarse el coche  robado que conducía su hermano. (De la Loma, Perros callejeros). 

Ante los problemas de la calle que inundaban portadas de periódicos, la transición miraba  hacia otro lado. Jóvenes burgueses en el centro de las ciudades con ganas de divertirse,  sin preocupaciones mostraban un mundo que poco o nada tenía que ver con la realidad  social de los extrarradios. Los grupos de la Movida y sus canciones desarrollan temas que de una forma jovial invitan a la diversión y a la trivialización de sus problemas. Mientras Radio futura canta Enamorado de la moda juvenil, Mecano nos habla de  la resaca del champán en Hoy no me puedo levantar, o Mamá canta a las Chicas de  colegio, que pasan todos los días por delante de su casa. 

Mientras en los medios de comunicación aprovecharon la nueva delincuencia para sacar  su versión más sensacionalista, haciéndose eco de las hazañas de estos descarriados y  procurándoles un altavoz en el que muchos jóvenes solo vieron un ejemplo a seguir e  imitar. 

Pero dicho furor sensacionalista, no es gratuito, Stuart Hall a través del Centre for  Contemporary Cultural Studies en la Universidad de Birmingham, junto a sus  compañeros Chas Critcher, Tony Jefferson, John Clarke y Brian Roberts lleva a cabo  el estudio sobre los muggings en el libro Policing the Crisis. Mugging, the State, and  Law and Order, de 1978. En dicho análisis nos explican cómo tras el atraco (mugging)  de un anciano, una noche, a la salida del teatro se empleó esta palabra por primera vez  en un periódico británico. 

La prensa nacional etiquetó el episodio —tomando prestada la descripción que  propuso un oficial llegado recientemente de una visita a los Estados Unidos– “a mugging  gone wrong” (“un asalto que salió mal”) . El titular del Dairy Mirror (del 17 de agosto de  1972) lo expresa de esta manera: “a medida que el crimen violento aumenta, una palabra  común en los Estados Unidos ingresa en los titulares británicos: mugging. Para la policía  inglesa es un nuevo tipo de crimen espantoso”. (Thompson, 99). 

Esto creó todo tipo de especulaciones y se empezó a hablar de una nueva oleada de  criminalidad. Dicha palabra se empezó a utilizar de forma masiva por todos los medios  de comunicación generando así un “pánico moral”. 

El pánico moral fue acuñado por el sociólogo Stanley Cohen en su libro Folk Devils  and Moral Panics en 1972, para referirse a un problema, representado por una o varias  personas, colectivos, episodios o condiciones que amenazan los valores morales o  intereses de una sociedad. Cohen estudió el pánico generado en los años sesenta, por  las peleas protagonizadas entre mods y rockers en Clacton o Brighton. Estas peleas fueron magnificadas por la prensa británica, distorsionando la realidad y provocando  una verdadera angustia y preocupación en la ciudadanía. 

Volviendo a Hall, nos encontramos con que dicho pánico moral, generado por la oleada  de atracos, de los que se hacían eco las noticias, quizás no era tal. Los robos callejeros,  ahora muggings, siempre había existido, pero desde la política se aprovechó para  criminalizar a un sector de la población. 

La gente joven acusada por cualquier cosa que pudiera etiquetarse cercana al mugging recibió sentencias realmente severas, con encarcelamiento, que luego hasta los mismos jueces  admitieron como improcedentes pero necesarias para tomar al toro por las astas. La policía  y los políticos asumieron la campaña como propia y declararon la “guerra al mugging” (91). 

Las similitudes con la realidad española de aquellos años es directa. El periódico  El Caso, el más sensacionalista de la época y centrado exclusivamente en sucesos,  dedicaba páginas enteras a dichos crímenes, pero no era el único, en Crónicas quinquis de Javier Valenzuela, encontramos una recopilación de las crónicas recogidas por el  periódico El País en aquellos años por el autor. Uno a uno nos va relatando pequeños  sucesos Kung-Fu era inocente o Toma un pincho y defiende tu vida, fueron algunas de  las historias que se publicaron en dicha época de tirones y agujas. 

La iconización del delincuente juvenil llevada a la gran pantalla por J. A de la Loma  en Perros callejeros (1977) es el ejemplo más elocuente. El director se inspiró en las  hazañas una pandilla de chavales de La Mina cuyos delitos habían sido amplificados ya  por la prensa sensacionalista de la época, a raíz del trágico episodio del atropellamiento. 

Tras robar un coche en La Verneda, “El Vaquilla” y sus amigos atropellaron a una mujer  reiteradas veces hasta matarla ante la mirada atónita de su marido, sus dos hijos y otros  vecinos. (Florido Berrocal, et al. 15). 

Los medios de comunicación, en sus diversos formatos, incluido el cine, hace que  ganen espacio y se no se hable de otra cosa, alcanzado cierta visibilidad y desviando la  atención de otras cuestiones, como la crisis económica de finales de los setenta u otros  crímenes (estafas, corruptelas o prevaricaciones) y, de esta forma, estableciendo las  prioridades acerca de los problemas que atañen a la sociedad. 

[Se] ayudó a reforzar y complementar la Agenda-Setting Function (establecimiento de  la agenda temática) de los medios de comunicación hegemónicos, en tanto que la atención  desproporcionada que estos le concedieron a la delincuencia juvenil y urbana dentro de  la esfera pública ayudó a promover un clima ideológico de terror y vulnerabilidad entre  amplios sectores de la población española. (67). 

Películas como Muerte de un quinqui (Klimovsky, 1975) o Miedo a salir de noche (De  la Iglesia, 1980), comienzan mostrando, a la vez que los títulos de crédito, recortes de  periódicos de la época con los trágicos sucesos acaecidos en ciudades como Madrid. En  ellos podemos leer titulares como: “Espectacular atraco en la madrileña calle Agustín  de Foxá”, “Cadena de asesinatos”, “Muerto a tiros. Trató de impedir un atraco y los  atracadores le dispararon con una escopeta de cañones recortados”, “‘El Majara’,  peligroso atracador, capturado por la policía de Barcelona” o “Bilbao: la Guardia Civil  lucha contra los ‘quinquis’”, intercalandose en el caso de Miedo a salir de noche con  anuncios de los mismos periódicos: “Cambie su puerta de entrada por una blindada,  antes de salir de vacaciones” o “Puertas de alta seguridad. No más robos.”  

La trama de esta última película, de hecho, trata de la inseguridad que se transmite a los  ciudadanos a través de los medios de comunicación y del “pánico moral” que subyace  en la población tras el foco mediatizado ante la nueva oleada de crímenes, se “amplificó  la obsesión sensacionalista por el crimen callejero durante los años sesenta y ochenta,  transmitiendo un mensaje implícito de que se trataba de un problema (supuestamente)  nuevo que merecía una respuesta social inmediata.” (76). 

La familia clase media de Miedo a salir de noche, termina un día quedándose en casa,  anulando una cena con amigos, por el temor a ser atracados; cambiando la puerta de  la casa, por una blindada o contratando un vigilante nocturno armado para vigilar la  comunidad de vecinos, que será el desencadenante de un trágico final. 

En otras películas como Navajeros (De la Iglesia, 1980), o Los últimos golpes de “El  Torete” (De la Loma, 1980), el hilo conductor de la película la llevan periodistas que se  están haciendo cargo de seguir las andanzas de estos jóvenes y buscando, justificando  o simplemente intentando entender su situación. Sea lo que fuera, el periodismo estuvo  muy presente tanto en la realidad como en las películas.

El pánico social generado por la prensa, y amplificado por las películas, llevó a que se  tomaran medidas excepcionales y se pusiera el foco en la delincuencia juvenil. 

Una de las causas principales, por la que surgió dicha criminalidad, fue la aglomeración  de jóvenes sin futuro en barrios de nueva creación como expone Álvaro E. Olaiz en  su artículo “Cine Quinqui”, injusticia y ciudad de 2016. Entre las décadas de los  sesenta y los setenta, el tardofranquismo creó un plan de construcción de viviendas  para absorber el éxodo de familias de un campo moribundo a las grandes urbes, barrios  como: Entrevías, la Concepción o Vallecas en Madrid; la Bota, la Mina o Can Tunis en  Barcelona; el Cabañal en Valencia u Otxarkoaga en Bilbao. «Así en 1961 se aprueba  este plan que establece un modelo de intervención basado en la construcción de las  Unidades Vecinales de Absorción (UVAs)» (Olaiz, 128). En estos barrios se creó el  denominado barraquismo vertical, barriadas completas de viviendas de bajo coste  promovidas por la dictadura, pero sin ningún tipo de infraestructuras: sin colegios ni  tiendas, falta de alcantarillado o calles sin asfaltar, como cantaba el grupo catalán Lone  Star en 1968: 

Vivo en un lugar, donde no llega la luz, 
Niños se ven, que van descalzos, sin salud. 
Por la estrecha calle, algún carro viene y va, 
Y cuando llueve, nadie puede caminar. 

(Lone Star, 1968). 

Con la creación de dichos barrios, promovidos por el populismo franquista, se  ayudó a la segregación social, de los núcleos más desfavorecidos de la sociedad y el  hacinamiento de sectores de pobreza. «Barrios especialmente aislados en los que la  falta de urbanización y de equipamientos, o la pésima ejecución de las edificaciones se  constituyó en el mayor de los problemas.» (Olaiz, 130). 

El paro, en la segunda mitad de la década de los setenta, dejó tras de sí casi un millón de  parados, bajando el PIB del 6% al 2,1% en apenas un año (Urquizu, párr. 7). Así que nos  encontramos a una gran parte de la población migrante del campo a las grandes ciudades en  un momento de recesión económica, en la que a muchas familias les cuesta salir adelante  en su día a día. Familias, en las que sólo el padre conseguía trabajar, la mujer únicamente se dedicaba a unas desagradecidas tareas del hogar y en la que a los hijos les era imposible  acceder al mercado laboral, dada la escasez de oportunidades y su falta de preparación. 

Es muy destacable la casi nula preparación de determinados sectores de la juventud  de la época, que había padecido un evidente déficit de escolarización ante la acuciante  falta de plazas en el sistema público, especialmente en los barrios de nueva creación, y  el pésimo nivel de la formación profesional de la época. (Florido Berrocal, et al. 13). 

Las instituciones no son capaces de someter a esta juventud rebelde, que no encuentra  su sitio, empezando por las propias familias, con padres trabajando todo el día para  llevar algo de comer a la mesa, madres subyugadas por un patriarcado que no les otorga  voz ni voto. 

Por último, las fuerzas del orden son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos  democráticos y permanecen anclados en un modus operandi heredado de la dictadura  con un sistema penal desbordado por la nueva criminalidad que manda a la cárcel a los  chavales de dieciséis años. «El primer ingreso en prisión fue, como cuentan muchos,  una cruel lección de realidad, pasando de la impunidad anterior, de vivir una aventura  realmente intensa, a sufrir las más dura de las represiones y privaciones.» (21). 

Con esta cruda realidad, los más jóvenes salían peor de lo que habían entrado y en  lugar de recibir una formación que les permitiera la reinserción se encontraban con  una auténtica escuela de delincuencia. La privación de libertad, la ociosidad de los  centros penitenciarios y el comercio de droga en las cárceles hizo que muchos de ellos  se hicieran heroinómanos en dichos centros. 

Con este cóctel explosivo se forjaron mitos como José Joaquín Sánchez Frutos “el  Jaro”, Santiago Corella “el Nani” o Juan José Moreno Cuenca “el Vaquilla”: jóvenes,  libres, rebeldes e inconformistas. Mitos que dejaron «un elenco de precoces cadáveres  exquisitos» (25) y una docena de películas, que han conseguido traspasar al imaginario  colectivo como unos forajidos de leyenda, a dichos protagonistas.

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